sábado, 10 de mayo de 2014

El juego de las esculturas


Un hombre  decide como oficio poblarse de espectros, de los que fueron como él y de los que podrían serlo,  para tal artilugio ofrenda a los dioses sus frágiles nervios y se vuelve capaz de concentrar tanta información, como la que se reservan las piedras para si.



Donde la mitología se narra de a saques,
El humo confirma el entresueño.
Atiborrado del cachondeo de las nacionales,
Que enseñan himnos con el cuerpo.
Desgarrado su plexo, se queja.
Después de las horas en la fragua
del drama penúltimo del amor,
Cruzar el tiempo es lo que quisiera.

Animado el silencio toca al músico,
Besa su rostro y da su anunciación.
“No puedes torcer el curso del río.”
Y el hombre camina  hasta el puerto.
Dentro de él: tendido se hamaca,
Fuera de él: tira el cigarrillo,
que el agua de lluvia mojó,
Y abrocha el botón del piloto.
Descubre las calles con la intuición
Guardiana de los recién nacidos.
Puede así, finalmente soltar su voz.



En el puerto no se sortean versos,
Pero acaso en dónde si.
En las prisiones lo que
 se atropella  y comprime, es ruido.

Que cada paso lleve al otro, despojada de la ansiedad y de chucherias.




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